Recordemos:
..."No creo que a estas alturas, sea desconocida para nadie, la estancia tan
traída y llevada, a través del tiempo, y en tanta letra impresa, como es “la rebotica” de las farmacias pueblerinas."..
Los personajes de las charlas nocturnas de la REBOTICA son:
Don Gervasio, el boticario;
Don Justo, el médico;
Don Jeremías, el cura;
y Don Plácido, el maestro.
LA REBOTICA

Don Gervasio, el boticario;
Don Justo, el médico;
Don Jeremías, el cura;
y Don Plácido, el maestro.
LA REBOTICA
(1ª
parte de la segunda versión)
Eran las diez menos diez de la
noche, en el reloj del conocido pueblo de Arenas de San Pedro (Ávila). D.
Gervasio encorvado por el peso de sus años, lentamente se dispuso a cerrar la
puerta metálica de la farmacia; un intruso rapaz se coló por el hueco que D.
Gervasio dejó sin cerrar, mientras contaba la recaudación del día, pidió una
caja de pastillas balsámicas para la tos, una vez despachado, salió ligero como
alma que huye al diablo.
La Clementa, mujer rústica que desde hace más de 40 años, está al servicio y cuidado de D. Gervasio, pero que de cultura tiene muy poca dosis le dice que la cena está ya preparada en la mesa; el boticario termina de bajar el cierre de la puerta, y se dispone a pasar a la salita de la “Rebotica” para cenar. En un descuido, el gato, un tanto equilibrista, brinca a la mesa, atraído por el olorcillo de unos sesos rebozados que en un plato estaban, y que el ama tuvo la poca precaución de no tapar. Al salto el animal derribó al suelo el bote de bicarbonato, y una botellita de vino quinado que como reconstituyente estaba preparado por D. Gervasio.
La Clementa, mujer rústica que desde hace más de 40 años, está al servicio y cuidado de D. Gervasio, pero que de cultura tiene muy poca dosis le dice que la cena está ya preparada en la mesa; el boticario termina de bajar el cierre de la puerta, y se dispone a pasar a la salita de la “Rebotica” para cenar. En un descuido, el gato, un tanto equilibrista, brinca a la mesa, atraído por el olorcillo de unos sesos rebozados que en un plato estaban, y que el ama tuvo la poca precaución de no tapar. Al salto el animal derribó al suelo el bote de bicarbonato, y una botellita de vino quinado que como reconstituyente estaba preparado por D. Gervasio.
La criada, muy alarmada pide mil escusas y perdones
por lo ocurrido; D. Gervasio tan bondadoso como siempre, no le da ninguna
importancia; y tan solo le dice que esto no vuelva a ocurrir. En éste mismo
momento toca el timbre, la criada con permiso del boticario, franquea la
puerta, entran los tres amigos íntimos y contertulios. El boticario, presuroso,
se levanta dispuesto a ofrecerles asiento.
D. Justo el médico dijo: "pero hombre D. Gervasio; no se deshaga en cumplimientos, que nosotros somos todos de la casa. Qué caramba, no se moleste, continúe cenando, que ya nos proveeremos de asiento."
D. Justo el médico dijo: "pero hombre D. Gervasio; no se deshaga en cumplimientos, que nosotros somos todos de la casa. Qué caramba, no se moleste, continúe cenando, que ya nos proveeremos de asiento."
La cafetera exprés en ebullición, tan sólo esperaba
que la desenchufaran de la corriente para ser servido el café en finas
tazas, con dibujos arabescos y que guardadas en un lujoso estuche, las
conservaba D. Gervasio, como recuerdo y regalo del día de su boda que le hizo
su hermano D. Abundio canónigo de la catedral de Burgos, y que según le oyó
referir varias veces, las compró en un viaje que hizo de placer por todo el Oriente
Medio, en un “zoco” de antigüedades de Beirut la
capital del Líbano, y que las conservaba en gran estima por su origen oriental.
D. Plácido el maestro pregunta donde guardaron
la noche anterior el dominó que no aparece por ningún sitio; D. Gervasio
prefiere la baraja; y aunque hay diversión de opiniones, prevalece esto último.
Terminada la partida de tresillo, ganada por D. Jeremías y D. Justo; se
disponen a beber unas copas de “Chartreuse” servidas por D, Gervasio, pues la
criada llevaba más de dos horas en posición horizontal y cuyos ronquidos, pese a estar
cerrada la puerta de la habitación, oíanse a la perfección en todos los
tonos de la escala musical.
D. Plácido empezó la charla diciéndome que sin ánimo
de ofender, ni criticar a nadie; le extrañaba mucho que D. Aquilino el
veterinario se había comprado un coche “Seat” toda vez que la escasa clientela
de Arenas de San Pedro, no respondía a los ingresos anuales que pudieran tener.
D. Jeremías el cura, más enterado dijo, que el hermano del
veterinario, un oficinista de un Banco de Ávila; se lo había prestado para
cierto tiempo pues no era para otra cosa, nada más que para presumir y
darse importancia; ya que andaba tras de pretender a una joven ricachona de
Arévalo; todo esto, dijo D. Jeremías, se lo digo a ustedes en la más estricta
confidencia.
D. Gervasio contestó: "¡albricias como está la juventud hoy en
día! ¿Dónde está el pundonor y el orgullo profesional? ¿De la sencillez y
la discreción que se hicieron?"
En mis lejanos tiempos mozos, el solo hecho de
haber pasado por una Universidad sobraba, y era un mérito más que suficiente
para que pesara en la balanza del amor; entonces no había casi
automóviles ¿Pero estaría bien que hubiese rondado la puerta de mi novia, con
un coche tirado por dos blancos caballos y enjaezados a la antigua
usanza? No; la jactancia y el orgullo sin fundamento, dijo D. Gervasio,
dura lo que una rosa cortada con rocío al amanecer.
D. Justo el médico por su parte demostró que él era el
reverso de la medalla; que se casó por puro amor; me flechó cupido en una
humilde pensión de un cuarto de piso en Santiago de Compostela.
-"Oigan ustedes"-
"No es desconocido para nadie que los estudiantes
andáramos siempre faltos de dinero y al dos por tres cambiando de patrona; siempre,
claro está, que se beneficiara el bolsillo.Un amigo y compañero, me recomendó
y acompañó a dicha pensión, el precio no me pareció mal y acepté, trasladé mis
maletas y mis libros de texto, y yo tan satisfecho, porque al mismo tiempo
distaba a un paso de la Facultad de Medicina. Mi vida la hacía relativamente
metódica y tranquila; mis horas de estudio, después de la comida la consabida
charla y partida de dominó con los amigos; y algún domingo que otro,
marchábamos de excursión a Pontevedra y nos deleitábamos contemplando la
belleza que atesora y encierra Galicia, recorriendo las Rías Bajas desde La
Toja hasta Villagarcía de Arosa; regresando a la noche a Santiago de Compostela.

La dueña de la pensión era viuda y tenía dos hijas, que en
unión de la madre llevaban y atendían el negocio; éramos cinco los que estábamos
estables. El trato era casi familiar, una familia honradísima, educada, y en
extremo correcta. Beatriz que así se llamaba la hija mayor. Era una belleza tan deslumbradora; que parecíase un ángel pintado
por Velázquez o Murillo, yo entonces finalizaba la carrera de medicina, había
terminado Patología General, y únicamente me quedaba un breve cursillo de
prácticas en el Hospital del Niño Jesús en Santiago, ya que mi deseo era
especializarme en enfermedades propias de la infancia".
(continuará)

